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Miradas a un sepulcro - publiwebmaxter Miradas a un sepulcro

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Cada tarde a las cuatro le veía salir al balcón a regar sus enredaderas y flores, a cada una más hermosa, azules como el cielo anocheciendo, rosas de un rojo que la sangre envidiaría, otras que mezclaban el naranja y el oro como si estuviera amaneciendo, cada color vibraba con vida propia como si fuera un pequeño mundo.

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Cada día él salía a su balcón para mimar y arreglar sus adoradas plantas, respirar sus aromas y sentirse un poco más cerca de su anterior vida, desde el primer día vio que justo en frente había un balcón como el suyo, no había nadie en él, pero a través de las puertas cristaleras que eran enormes y tenían las cortinas corridas, podía ver un pequeño comedor donde una muchachita de largos cabellos rojizos con tirabuzones y un pálido vestido sin casi encajes, estaba sentada en una mecedora con mirada ausente hacía donde él estaba, cuando se percató de que él también la observaba despertó de su ensueño y se ocultó tras el libro que tenía en el regazo. Ella llevaba toda su vida en esa ciudad, de estrechas calles y aburridas gentes. Él era nuevo, su madre acababa de fallecer y su padre decidió que fueran a vivir con su tía y su abuela.

Deseaban conocerse, pero no existían muchas posibilidades, la iglesia era apenas lugar para el saludo de familias.

En el pequeño teatro que había sus palcos eran enfrentados. Solo una vez lograron estar en el mismo palco y fue gracias a que los padres de ella estaban enfermos, la abuela de él les tenía aprecio y se ofreció a llevarla a ella al teatro para que se entretuviera y no cayera enferma como sus padres.



En la calle nunca iban solos y en los bailes aún no habían sido presentados por su edad, apenas quince años.



Así que el día que se vieron en el teatro, ese día era la representación de una opera de Salomé, fue uno de los días más emocionantes de sus vidas.



Ella había estado saliendo a su balcón a leer, tratando de ponerse sus vestidos más bellos pero no más nuevos, ni elegantes, ya que su familia se escandalizaría por su extraño comportamiento. La gama de blancos y rosas ya la había gastado toda, ahora barajaba la provocadora idea de un vestido con tonos amarillos, temía resultar aburrida, con algo de encaje, su madre luego la haría ahorcar pero podía merecer la pena.



Él tenía sus plantas muy cuidadas y su padre bromeaba con la idea de que pronto tendrían una selva, temía que su padre empezase a sospechar porque pasaba tanto rato en el balcón, así que empezó a sacar unas hojas para escribir, la curiosidad de ella se encendía vivamente y ardía al no poder saber que salía de su pluma, lo gracioso es que él tampoco se concentraba ni cuando sacaba un libro, se pasaba hora tras hora en la misma página, así que sacó un trípode y un lienzo, se dedicaba a pintar y al acabar disimuladamente giraba el papel para mostrárselo a la muchacha deseando que estuviera prestándole atención.

Pronto se dio cuenta de cuando le gustaba el dibujo a ella, según la sonrisa y brillo en su mirada y así lograba irse satisfecho por lograr complacerla.



Una vez tuvo la descarada idea de dibujarla a ella, temblaba de emoción, sudoroso se esforzaba en la precisión, temía acabar cuando ella se hubiera marchado, mordisqueaba sus labios, se estiraba de su castaño cabello largo, el cual tenía recogida en un pañuelo y la

observaba fijamente. Ella nerviosa y ruborizada se contagiaba de su nerviosismo, sus mejillas ardían, sus manos se negaban a pasar las hojas del libro, relamía sus labios abultados y apenas podía levantar la vista para mirarle porque temía cruzarse con su mirada, sus labios redondeados suspiraban y su pecho encorsetado subía y bajaba agobiado por la presión.



Cuando se vio reflejado en el cuadro tembló y temió caerse tanto como tener el rostro teñido de carmín por completo, pero no pudo evitar poner una sonrisa de felicidad inmensa que trató de matar mordiéndola. Él temió que se hubiera enfadado y se retorcía las manos mirándola sin recato, al verla sonreír le dio un vuelco en el pecho y supo que debían conocerse.



Al escuchar a su abuela decirle que iban a recogerla de camino a la Opera porque les acompañaría esa noche, tuvo que contenerse para no abrazarla, aunque por el brillo de la mirada llena de arrugas en la cara de su abuela, supo que le habían cazado en su alegría y trató de disimular mirando por la ventana del carruaje, rezando porque no se oyeran los latidos de su corazón. Dudó si salir o no del carro y así ayudarla a subir, al final salió.



Ella mientras andaba probándose un sin fin de vestidos de todos los colores del arco iris sin lograr decidirse. Al final se decidió por un vestido blanco con cinta verde en las mangas y los volantes de la falda., por si no la reconocía, estúpidos nervios.



Cuando la vio aparecer se sorprendió de la blancura de su piel y como sus mejillas tomaban un delicado tono rosado a la mínima, sus ojos claros bicolor, verdes por fuera con rayas amarillas por dentro eran enorme y agradeció que los bajará enseguida pues le quitaban el habla.



Ella no lograba mantenerle la mirada a esos ojos marrones y dulces con un toque picante. Les presentaron, por fin, y la ayudó a subir dándole la mano, él notó el suave peso de ella y el encaje del guante que llevaba, ella sintió el calor de una mano grande.

Viajaron en silencio, contando los minutos por salir de aquel sitio claustrofóbico, donde no podían observarse ni tocarse por estar continuamente vigilados y a la vez les obligaba a estar tan juntos. Escuchaban crujido de las ruedas por la grava y el run run de la conversación de la abuela que mantenía un monólogo con la tía de él.

Estaban uno en frente de la otra pero notaban su calor y casi percibían su olor.



Les sentaron juntos en el palco, no podían hablar pero ambos sentían una energía cálida entre los dos, el aroma dulce que despedía ella y el de él algo más especiado.



Tenían sus ojos fijos en la opera aunque no la escuchaban, mientras sus brazos colgaban de sus asientos en la oscuridad, ansiando su cercanía, él echó un vistazo al brazo de ella y vio su vello transparente de punta y su suave piel de gallina, como si el frío la hubiera tocado.

No lograban atreverse a dar un paso más aunque sabían que les quedaba cada vez menos tiempo y hacia el final ella movió su mano y rozó el vello del brazo de él, se les puso la piel de gallina a ambos y temieron que el ruido de sus látidos provocase la interrupción de la obra.

Tristemente, ya acababa la función, debían darse prisa, ella había apartado la mano y él la buscó, acariciándola suavemente, sus dedos buscaban sus yemas, saboreando sus tejidos, hasta que encendieron las luces.

Ella se veía terriblemente alterada, tuvo que disculparse diciendo que el corse le apretaba mucho.



A partir de ese día las cosas cambiaron en el balcón, al principio se evitaban temerosos pero sus ansias eran demasiado grandes, así que él decidió cortar una rosa y lanzarla a su balcón, como por descuido, ella lo entendió. Desde entonces se comunicaban por miradas y gestos disfrazados. Se recomendaban libros o se acariciaban y conocían solo con la mirada.



Pronto sería su presentación en sociedad y ella estaba vestida de negro, derramando lágrimas en un banco de la iglesia.

Todo había acabado.

Sufría un shock.

Sabía que el cadáver que había en el féretro era el de él.

La misa fue triste, como siempre que entierran a personas jóvenes, ella veía pasar todo sin ser consciente. De repente estaba sola en la iglesia, las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas y ella estaba ya delante de el cadáver, no parecía un muerto.



Dominada por la pasión tocó su mejilla, angulosa, aún calida y suave, su perilla, sus cejas, labios gruesos, pestañas espesas, el cuello... acercó sus labios para besarlo. Acarició su larga melena castaña mientras lo besaba y se sintió empujada a subir al mortal lecho de él. Ya encima de él siguió llenándole de caricias y suaves besos, temiendo romperle, pero cada vez se volvía más violenta, deseando poseerle, la temperatura de ambos subía y no sabía si imaginaba o sentía realmente las manos de él en su cintura, desabrochando su corse y levantándole las faldas. Sus cuerpos se rozaban desesperadamente, vio su boca abrirse y susurrar su nombre.

Él desabrochó su corsé por arriba liberando sus pechos, acariciándolos con delicadeza y luego con brusquedad para poseerlos, ella se moría de deseo así que desabrochó su negra camisa, sintiendo la piel suave de su pecho hasta llegar a su cintura para bajar las manos sin poder contenerse más sorprendiéndose de su tamaño, no dudó cuando las manos de él la ayudaban a acariciarla, saborearla y sentirla en su cuerpo, los párpados de él se abrieron y le sonrieron mientras sentía como entraba en ella, el gozo que sintió en su alma se unió al de él cuando sintió que se complementaban.

Un dolor punzante la atravesó pero pasó pronto para dejar paso a un continuo temblor placentero, sus pieles resbalaban de necesidad, pidiendo más y más, alargaban el momento deseando no acabar nunca. Ya no podían aguantar más y cayeron rendidos.



Ella y él atravesaron la puerta de la iglesia juntos, de la mano, no se a donde iban. El cura encontró sus cadáveres juntos, en el mismo féretro, no supo como explicarlo, ya era bastante desgracia que ambos hubieran muerto cuando un terremoto hizo que los respectivos balcones de ambos se derrumbaran y la casualidad hizo que los dos estuvieran en ellos, fue un escándalo que trataron de ocultar, pues tenían signos de haber compartido parte de sus pieles y quizá hasta sus almas, se celebró una boda póstuma y se les enterró juntos.
© publiwebmaxter 25 Feb 2018 07:59 pm
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